EL MOLDE DE LA AUSENCIA
Era el tipo de amor que no se nombra, sino que se respiraba. Un amor hecho de minutos sagrados: del silencio compartido en el amanecer, del café que preparaba para dos mientras los niños, de un año y medio y tres años, dormían en nuestros brazos. Ella era el hogar antes de que tuviéramos paredes. Y luego, de la manera más brutal y temprana, el universo nos arrebató el aire. Se fue cuando todo estaba por empezar, dejando no solo un vacío que gritaba, sino dos pequeñas razones para no dejarme hundir: nuestros hijos. Así que aprendí a respirar de nuevo, pero con un pulmón roto. Me vestí de padre y de madre, de fortaleza y de arrullo. Las noches ya no eran para sueños compartidos, sino para vigilias frente a cunas, secando lágrimas que no eran solo de ellos. Salimos adelante juntos, les prometí a sus ojos inocentes, tan parecidos a los de ella. Y lo hicimos. Sin incluir a nadie más en la ecuación de nuestra vida, porque nuestra trinidad era un santuario, un altar vivo a su memoria. Ellos e...








