EL LABERINTO Y EL ESPEJO

 


La vida nos arrastra por su laberinto, jugando con esa necesidad visceral de aferrarnos a algo, o a alguien. Cada tropiezo deja su marca imborrable: están los codos raspados que sanan, sí, pero también están esas fracturas internas que, convertidas en un barómetro infalible, nos anuncian el dolor mucho antes de que la tormenta llegue. Son señales talladas a golpes, herramientas rudas para esquivar caminos errados. Sin embargo, ¿qué pasa cuando el eco ensordecedor de la soledad logra apagar el susurro de la experiencia? Yo lo viví. Decidí ignorar la voz gutural, forjada en años de caídas y levantadas, por el simple y peligroso anhelo de volver a sentir bonito.


Soy de gustos difíciles, lo admito sin ambages. No me basta con un "corazón lindo". Para una pareja, necesito la chispa física, ese magnetismo inicial e innegociable. Tengo la fortuna de contar con amigas extraordinarias, mujeres leales e inteligentes, con las que el tiempo se evapora en una conversación profunda. Ellas poseen todo lo que admiro en un alma… excepto esa chispa. Luego están las otras, aquellas con las que te cruzas por razones fortuitas y que encienden el deseo con una mirada, pero que, una vez pasado el incendio, revelan un caos emocional que lo arrasa todo. No, no estoy dispuesto a hipotecar la paz ganada con tanto esfuerzo por un momento de arrebato. La tranquilidad, una vez conquistada, es un territorio que no se cede a bajo precio.


Fue en este vaivén perpetuo entre el anhelo y la prudencia donde la encontré. No fue en un café con olor a libros antiguos, ni en un sendero al atardecer. Fue en la frialdad luminosa de una pantalla. Su fotografía emanaba una autenticidad rara, un aura de energía serena que trascendía los píxeles. Era hermosa, con esa belleza que se acercaba peligrosamente a la esencia de lo que buscaba. Pero vivía lejos, en otro huso horario, en otra realidad tangible. Una barrera infranqueable, pensé. O eso quise creer.


Con el tiempo, ese portal imposible se entreabrió con un "me gusta" tímido, un emoji solitario perdido en el feed. Hasta que un día, impulsado por un valor que no sabía que atesoraba, le dije: "Me gustas desde aquella primera foto". Ella confesó, entonces, haberme seguido también desde hacía tiempo. Así se teje la telaraña de lo digital: con una primera hebra de valentía frágil. Intercambiamos números y todo se aceleró. Las coincidencias mágicas en línea se transformaron en conversaciones nocturnas, en risas que cruzaban continentes. Hablábamos en sus madrugadas o en mis tardes, y yo disfrutaba siendo el bufón que la divertía, compartiendo locuras y puntos de vista. Pero siempre, invariablemente, la conversación se cortaba de golpe con un "tengo una llamada", "llegaron amigos" o un simple "me entró sueño". Yo me quedaba al otro lado, con la palabra a medias, preguntándome si solo era un entretenimiento para sus tiempos muertos, un recurso contra el aburrimiento.


La vida me ha enseñado, a fuerza de raspones, que no soy una baratija de mercado. Necesito tiempo de calidad, no migajas de atención condescendiente. Anhelo un "buenos días" que detenga el mundo por un instante, y me envie un "me acordé de ti" que nazca del deseo genuino, no de la casualidad o la costumbre. Por querer sentir bonito, cedí terreno, pero aprendí que hay fronteras que no se negocian. Así que dejé de hablar. Retiré mi disponibilidad constante. Fue mi forma de trazar un límite en la arena digital, de recordarle y recordarme que mi tiempo también era sagrado.


Entonces llegó el reproche: "Has cambiado". Y era cierto, absolutamente cierto. Me había acercado a la vereda de mi dignidad. Lo curioso, lo casi cómico, fue el giro argumental: de pronto, era yo quien no había aportado lo suficiente, quien se perdía "algo bonito". Me ofrecían una oportunidad, como si fuera un favor regio, una segunda audiencia para el cómical de la corte.


No pude evitar una sonrisa amarga. ¿En qué mundo paralelo vive quien cree que para elevarse necesita que el otro desaparezca, que se achique, que sea necesario que debas apagar tu luz para ser iluminado por la de el? Cuando de verdad se quiere, se toma de la mano para caminar juntos, se comparte el peso de la cuesta. No se usa al otro como peldaño. Ella era, sin duda, visualmente atractiva, un imán poderoso para mis sentidos. Pero ninguna belleza, por deslumbrante que sea, merece el precio de la paz interior. Los años, esos escultores implacables, se llevan hasta las facciones más perfectas; pero la dignidad, una vez que echa raíces, resiste inviernos mas feroces y florece con más fuerza cada primavera.


Esta comprensión marcó el inicio de una revelación más amplia. A menudo se dice, con toda razón, que muchos hombres pueden atrincherarse en su propio ego, convirtiendo el amor en un monólogo. Pero el espejo del narcisismo tiene dos caras. Algunas mujeres, con una gracia casi imperceptible y una sutilidad devastadora, tejen su propio culto a la personalidad. En ese escenario, la relación nunca es un "nosotros", sino un teatro para su protagonismo ininterrumpido.


Ella era, sin duda, una de esas figuras magnéticas. Su encanto no residía en una arrogancia burda, sino en una seguridad tan absoluta y serena que, sin esfuerzo aparente, convertía toda interacción en una órbita a su alrededor. Nuestras conversaciones, que yo soñaba como un puente entre dos mundos, eran en realidad un delicado y unilateral ritual. Mi rol estaba perfectamente definido: ser el testigo de sus logros, el animador de sus anécdotas, el confesor de sus preocupaciones. Yo aportaba el combustible constante de la admiración y la escucha, y ella era la luz que había que alimentar, una luz que solo iluminaba su propio contorno.


"Has cambiado", fue su acusación cuando me retiré. Y en esa frase se revelaba toda la arquitectura de su expectativa: yo había alterado el guion que ella no había escrito pero dirigía con maestría. Había cambiado, sí. La ciega devoción se había transformado en una serena y triste observación. Ya no veía a la diosa inalcanzable, sino a la persona que, desde su pedestal, solo sabía relacionarse pidiendo que le subieran flores, sin jamás considerar bajar a caminar por el jardín ajeno. El narcisismo, al fin y al cabo, es un idioma que solo conoce los verbos en primera persona, sin importar el género de quien lo hable.


Lo paradójico y que aún me sobrecoge con una pena suave, es que esta revelación no vino acompañada de ira, sino de una lástima profunda. Porque intuyo que, bajo esa necesidad constante de reflejarse en mi mirada y de regular la temperatura de mi atención, latía una soledad tan honda y resonante como la mía. Tal vez éramos dos espejos vacíos, buscando algo que nunca podríamos darnos el uno al otro. Pero una cosa es comprender las heridas ajenas, y otra muy distinta es permitir que tu paz sea el precio de esa compasión. Yo no podía, ni quería, ser el espejo que siempre confirmara su belleza e importancia, descuidando hasta empañar mi propio reflejo.


Así que solté el hilo de esa conexión digital. No con un portazo dramático, sino con un suspiro silencioso que se mezcló con el runrún de la ciudad. La extraño a veces, lo admito sin vergüenza. Extraño el vértigo de la promesa, el brillo de esa risa que cruzaba océanos, la fascinación hipnótica de su imagen. Pero la tranquilidad, esa compañera silenciosa y robusta ganada a pulso después de tantas caídas, se ha convertido en "mi territorio sagrado". Y no hay belleza, por deslumbrante que sea, que justifique una declaración de guerra en ese santuario íntimo.


Ahora camino por el laberinto con más cuidado, pero también con una claridad que antes no tenía. Las encrucijadas siguen presentándose, pero llevo un mapa nuevo dibujado no en papel, sino en la piel misma del alma. Un mapa donde las señales ya no solo advierten, "cuidado con los tropiezos", sino que también susurran, "atención con los espejos que solo devuelven su propia luz". Y hoy, con una certeza que me llena de calma, prefiero mil veces la compañía auténtica y mutua de quienes saben que el verdadero contacto, el que vale la pena, nace únicamente cuando dos luces se encuentran para iluminar, juntas, un camino compartido. No cuando una exige, sutil o abiertamente, que la otra se apague para poder brillar en solitario.


Guido Berly

Comentarios

  1. En este relato percibo a un hombre que aprendió a admirar la belleza de una mujer y su poder sin empequeñecerse a amar sin mendigar atención ,entonces ocurre algo decisivo volvió a habitarse , porque cuando un hombre abraza su vulnerabilidad sin temor deja de ser presa del ego y se convierte en presencia entera ...

    ResponderEliminar
  2. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares